14.1.06

bailes, juegos y lecturas.

París, 16.4.05

Mis brazos llevan ya un rato entumecidos en la misma posición y la visión del libro se va haciendo cada vez más ligera. Era de esperar hacerse tan pequeño ante algo tan grande. La "R" cuesta un poco, como todos los principios, como toda pared inicial que se hace difícil en el primer momento, pero que poco a poco se consigue remontar para acabar llegando, de golpe y sin esperarlo, a un cierto semicírculo que te deja con la cabeza colgando, mirando al suelo, enfrentándote a tu propia humanidad (y qué palabras tan grandes).
De vez en cuando la puerta de la habitación, ya muy lejana, se queja por el paso del metro, pero al menos aquí no huele a goma quemada. De repente (como siempre) me encuentro con una "a", así que sólo me queda hacer lo que sólo cabe hacer con una "a": de un salto me subo encima y comenzamos nuestro pequeño viaje por entre los renglones mientras vemos pasar capítulos con números fetiche y citas de escritores que mañana habré olvidado.
Todavía alcanzo a oír el rumor de la calle, todo ese mundo de personas que se conocen y se despiden por primera vez, que se reconocen con alegría entre el tumulto o que se alejan espalda contra espalda con un leve pinchazo en el corazón. Incluso los hay que se cruzan y ni tan siquiera se hablan, aunque el pinchazo se manifieste. Y sin embargo yo sigo dentro de esta habitación de hotel, balanceándome ahora en el borde del palito corto de la "y". Me dejo caer y en el centro (restos de café) me encuentro con un vértice, el de dos figuras rectas que confluyen en un determinado punto. Y mirando hacia arriba me doy cuenta de lo triste del hecho de que juntas se complementan y separadas no significan nada.
Pero prefiero salir de allí (que no me recuerde demasiado a mí mismo) y me doy de bruces con una "u" de las que siempre me cayeron bien. Arriba y abajo, arriba y abajo, este es mi tobogán preferido. En los "momentos arriba" me gusta regocijarme con la vista que me proporciona esa posición de privilegio, desde donde veo todas las cimas del resto de letras del renglón y todo es tan bonito y yo voy tan rápido que prefiero no mirar atrás para no fastidiar el momento.
De repente recibo una pequeña patada que no sé si ha sido en sueños o plenamente consciente. Cuando me meto en la "e" por su espacio en blanco para que me balancee un rato, dejo reposar todo mi cuerpo sobre su figura y es entonces cuando me susurra que puede que sea hora de irme al reino de las patadas en sueños. Puede ser, pero me queda tan poco...
Mi nariz vuelve a quejarse y la montaña de Kleenex en el suelo empieza a ser un ente propio y claramente diferenciado (traicionero aire de Châtelet). Cuando me encuentro con la "l" me doy cuenta de que se ha quedado dormida. Claro, yo disfruto como un enano, pero ellas, sufridas letras, están a veces tan quietas que es normal que les venza el cansancio de vez en cuando. Intento pasar por delante de ella sin hacer el menor ruido pero, para mi sorpresa, me encuentro de repente con que ha girado completamente su esbelta figura y me tiene rodeado por la cintura. Las cosquillas son terribles y por mucho que lloro de risa y que suplico clemencia no me suelta. Al final acabo por contraatacar y la destreza de mis dedos la obligan a engancharse de una pirueta a la letra de arriba para perderse entre los renglones que tengo encima.
Todavía con la sonrisa en la cara (y siempre) veo que otra "a", esta vez final de palabra, me espera con otra sonrisa en toda su figura y un café en su centro. Acepto con gusto la invitación y tras una charla de horas caigo dormido en su regazo.
Espero soñar con encontrar al Mago.