necesito un post frívolo
Porque podría hablar de lo que he soñado hoy, o del agobio de ayer (y de ayer y de ayer y...), o de mis más que fundadas sospechas sobre la conveniencia de tener a Suomi aquí.
Pero no voy a hacerlo.
En su lugar voy a hablar de los conciertos. Bueno, más bien de mí en los conciertos. Porque si aquí no se puede hablar de uno mismo, para qué nos hacemos blogs. Qué carajo, que diría el rosarino.
Para mí hay dos tipos de conciertos, con lo cual hay dos tipos de actitud. Si voy a un concierto de un grupo que conozco y que adoro lo paso en grande, soy de los que más se mueven (me muevo siempre, y en un concierto más ) y me desgañito cantando.
Pero si por el contrario voy a uno de esos conciertos-sorpresa de un grupo que me suena de lejos, de esos en los que la montaña va a Mahoma, la cosa cambia del rojo más intenso a un gris parduzco que lo cubre todo de tinieblas y que no me deja actuar con lucidez. Lo normal es que vaya a ese tipo de conciertos porque alguien me lo ha recomendado, o porque me han invitado, o simplemente porque van todos mis amigos y yo con tal de estar con ellos soy capaz de lo que sea, hasta de no tener la más mínima personalidad.
El caso es que todo cambia, y de repente me encuentro con que, si me está gustando, pongo una expresión bobalicona de esas en las que la baba queda a un milímetro de asomar por la comisura de los labios. Una pseudo-sonrisa estúpida inunda mi expresión y me convierto en la antítesis de la locuacidad. Encima no me sé las canciones, pero yo quiero cantarlas cueste lo que cueste, y claro, mi boca balbucea sonidos ininteligibles que no tienen nada que ver con lo que se está escuchando, sigo pegando alaridos cuando todo el mundo se calla y, para colmo, desafino.
Además, de normal me muevo tanto que en cuanto escucho música el ritmo se me pega al cuerpo. Es irremediable. Pero muchas veces ocurre que, en mitad de uno de esos conciertos-sorpresa, me sorprendo a mí mismo bailando y moviendo aún las piernas al ritmo de la canción que terminó hace media hora. Así que siempre voy totalmente descompasado del resto del mundo mundial. Y cuando tomo conciencia de mi ridículo estado no paro de golpe, porque si no se notaría mucho, así que voy calmando progresivamente la fuerza de mis movimientos y el resultado final es como pegarle a una marioneta en el aire y dejar que poco a poco se quede quieta.
En fin, autonauta es absurdo, y en lo conciertos, más.
suena A Pain That I'm Used To, Depeche Mode


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