dadá
23.1.05
Todo comienza una inocente tarde de domingo en el piso des Oignons. Estoy traduciendo tranquilamente (un poco desquiciado también) cuando, al soltar una bocanada de humo ciego, levanto la vista y la veo colgada, allí, tan quieta y tan perversa. Es una araña. Empiezo a sentir una terrible ansiedad y tengo que salir de la habitación. Me invade la idea de que debo hacer algo, coger algo, comer algo para sacar a la horrenda de mi cabeza (de mi habitación no puedo expulsarla) y me dirijo a la despensa, esa modesta pensión de ingredientes que siempre está dispuesta a calmar el hambre y lo que no es el hambre. En el tercer estante empezando por abajo, y siempre hay que empezar por abajo, reposan inocentemente las patatas de gamba como si de un sutil móvil de niños se tratara. Sobra decir que no puedo resistirme (ni siquiera las pagué). Vuelvo a mi habitación con la bolsa latiendo entre los dedos y la esperanza de volver a ser tan sólo un ser vivo en el cuarto, pero allí sigue, retándome sin la menor consideración hacia mis fobias. Abro la bolsa y miro el ordenador: se ha vuelto a apagar la pantalla. Última vez que compro un ordenador en una floristería. Intento concentrarme, con una mano en la bolsa y otra en la terapia ocupacional. Llevo cinco páginas traducidas y aún no sé qué demonios es eso de la terapia ocupacional. Menos mal que está nevando.
Sin darme cuenta me he comido las 99 centésimas partes de la bolsa, y mi estómago se oye desde la azotea. En ese estado latente en el que tu cuerpo empieza a quejarse pero tu cerebro tiene cosas mejores que hacer, les mando un mensaje con tono de canción de tuna a mi mujer postiza y a mi hija legítima (postiza también), y les pongo al corriente de que ahora somos cuatro en esta casa. Realmente no le hago ningún honor a Pèri. Es entonces cuando dejo mi cigarro sobre la mesilla y se cae, junto con mis tripas. Salgo corriendo al baño y saludo, una a una, a todas las pobres gambas que fueron antes gambas que patatas, pensando en las inconveniencias del premier prix. Han pasado demasiadas cosas en ese baño como para no ir al hospital, así que me planto allí y me ingresan por falta de elegancia. No me lo esperaba para nada, mis 29 ovejitas y mi lobo feroz son muy carismáticos, y así lo cree también el enfermero de la barbita de tres días. Además, el verde me sienta (muy muy muy) bien. La cama, eso sí, es una gozada. Cuando siente que tengo frío, me tapa con una manta roja, y si me siento triste me tapa con una verde.
Llevo dos días en esta cama y mi espalda se siente nueva, como una I. El enfermero de la barbita de tres (cuatro, cinco) días me ha estado cuidando, dice que los médicos pretenden tratarme con náuticos y jerséis de pico, pero esas medicinas las guarda en el trastero y en su lugar me trae libros de Mafalda y camisetas de Tim Burton. Es un sol.
De repente le veo correr por el pasillo y entrar en mi habitación con una exclamación en una mejilla y una interrogación en la otra. Nos entra tal ataque de risa (todo hasta ahora había sido una excusa para conocernos) que decido irme con él a la India, y cuando vamos a mitad de camino (las bicis son lentas) nos damos cuenta de que el pato que conocimos en el Caspio viene siguiéndonos, pobre, con la lengua fuera. Le damos un beso y lo subimos en el manillar, y ahora pato es Pato y vuela todo lo que quiere. En Cachemira conocemos a una señora muy mayor que nos da un reloj de arena para que se lo entreguemos a su hijo, que vive en la costa sur del país, y nada más llegar cumplimos el cometido. El hijo nos señala el camino al pueblo de Manta-Pradesh, donde curamos a un millón de enfermos a base de pequeños toques de la varita mágica que un gigante barbudo nos dio en Rumanía. Y aquello es tan azul que los tres decidimos, en petit comité y cigarro en mano, que nos vamos a quedar allí para siempre.


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