ejercicio de violencia #1
Yo, que me creía tan pacífico, que soy un remanso psicológico de agua, que incluso dudaba de la existencia de horchata en mi sangre... me volví violento anoche.
Pensándolo friamente, la situación era propicia: concierto de un grupo de moda, en una sala de conciertos de moda y con un público cuya edad media era de diecisiete años y cuyo paradigma del arte de hablar era la palabra guay... además de tener un concepto nulo del espacio y una educación propia de llama andina. Sólo les faltaba sacar la lengua y escupir.
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Y allí me vi yo, rodeado de postpubescentes con dos copas de más y con más ganas de meterle el codo a alguien por el ojo que de ligar o hacer amigos o tan siquiera darse cuenta de que la sesión que mis queridos 2many estaban pinchando era bazofia. Y, bueno, todo resultó en un proceso interno que me llevó del más puro desquiciamiento a un auténtico regocijo en joder a los demás. A nadie que no me estuviera jodiendo, por otra parte, pero lo importante del asunto es que descubrí que puedo ser violento y meter codazos y disfrutar con ello como el que más. Sólo necesito un caldo de cultivo adecuado, y boom. Aluciné conmigo mismo y con lo imbécil que fue la gente. Pero sobre todo conmigo mismo...
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Imagino, y sé, que esto me va a pasar tan pocas veces en la vida que cuando me muera podré enseñarle a mis nietos con los dedos de una mano las veces que su abuelo se volvió perverso, pero ahora puedo afirmar que, desde dentro, la violencia es aún peor que vista con ojos ajenos.


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