11.4.06

estética en las alturas

Odio montar en avión. Hubo un tiempo en el que me gustaba, pero era pequeño e inocente (más inocente). Antes había juegos como guardarme mantequilla en los bolsillos de la chaqueta para descubrir al cabo del rato que se había derretido. Y mi madre se moría de la risa aunque intentaba poner cara seria. A veces me ponía de acuerdo con las azafatas para regalarle cosas en pleno vuelo y me convertía en la estrella del avión.

Tiempo después ya viajaba solo. Y un día me dio un ataque de ansiedad. Desde entonces las nubes siguen siendo bonitas y cuando veo que otro avión pasa por encima o por debajo del cacharro en el que voy yo aún me da una punzada de belleza por dentro.

Pero ahora volar significa ansiolíticos y estado catatónico y estómago-big bang.

Aunque una pequeña parte de mi sentido estético (el poco que tengo) me sigue hablando por lo bajo de mar de nubes, sol descarado y cruces de caminos. Cómo me gustaría poder disfrutarlo.