5.5.06

genes gregarios

Son casi las cuatro de la mañana y mi hermana me acaba de mandar un correo electrónico... los OjOs se me han abierto como platos. Y hoy hemos hablado hora y media por teléfono, pero no es lo normal.
Lo normal entre mi hermana y yo es acordarnos mucho el uno del otro. Todos los días, muchas veces al día, aunque no nos llamemos a diario.
Pero nunca nos hemos comprendido. Yo no entiendo por qué vive tan sola, por qué se casó con alguien que no se la merece ni en sueños. Por qué se empeña en conservar tantas espinas, espinas de las que duelen porque se te clavan dentro. Yo sé que no es feliz pero no sé cómo ayudarla.

Ni siquiera me siento capaz de escribir sobre ella porque es alguien muy difícil. Sé que me quiere. Y sabe que la quiero. Pero tenemos vidas tan diferentes que las cosas comunes a compartir se reducen mucho mucho mucho.
Y, bueno, es una tontería, pero a veces me dan ganas de darle la dirección del blog. Si no lo hago es porque algo me dice que se sentiría muy triste al ver que apenas me conoce, que apenas nos conocemos, pero es que no es tan fácil.

Y es mi hermana, mi única hermana. Es una palabra tan grande que a veces me asusta. Aunque encontrara al Mago y se fuera al Lado de Allá, no lloraría tantas veces por él como veces se me encoge el pecho por mi hermana.

Lloran los altavoces. Todo es impotencia.